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Diez minutos no era un precio muy alto por la oportunidad de hacerse inmortal en una pintura. Vio que
él la estaba pintando al lado del químico premiado, y empezó a preguntarse si iba a pedirle algún tipo de
pago al final.
-Gira la cabeza hacia la ventana.
29
Una vez más, María obedeció sin preguntar nada, lo que no formaba en absoluto parte de su carácter.
Se puso a mirar a las personas que pasaban, la placa del camino, imaginando que aquella calle llevaba
allí muchos siglos, una ruta que había sobrevivido al progreso, a los cambios del mundo, a los propios
cambios del hombre. Tal vez fuese un buen presagio; aquel cuadro podía tener el mismo destino, estar
en un museo dentro de quinientos años.
Él empezó a dibujar y, a medida que el trabajo progresaba, ella iba perdiendo la alegría inicial y
empezó a sentirse insignificante. Al entrar en aquel bar, era una mujer segura de sí misma, capaz de
tomar una decisión muy difícil, abandonar un trabajo que le daba dinero para aceptar un desafío todavía
más difícil, dirigir una hacienda en su tierra. Ahora, parecía haber vuelto la sensación de inseguridad
ante el mundo, cosa que una prostituta jamás se puede permitir el lujo de sentir.
Finalmente acabó descubriendo la razón de su incomodidad: por primera vez en muchos meses
alguien no la veía como un objeto, ni como una mujer, sino como algo que no conseguía entender,
aunque la definición más próxima fuese «él está viendo mi alma, mis miedos, mi fragilidad, mi
incapacidad para luchar con un mundo que yo finjo dominar, pero del que no sé nada».
Ridículo, continuaba delirando. -Me gustaría que...
-Por favor, no hables -dijo el hombre-. Estoy viendo tu luz. Nunca nadie le había dicho eso. «Estoy
viendo tus senos duros», «estoy viendo tus muslos bien torneados», «estoy viendo esa belleza exótica
de los trópicos», o, como mucho, «estoy viendo que quieres salir de esta vida, ¿por qué no me das una
oportunidad y alquilo un departamento para ti?». Éstos eran los comentarios que acostumbraba a oír
pero... ¿tu luz? ¿Acaso se refería al atardecer?
-Tu luz personal -completó él, dándose cuenta de que ella no había entendido nada.
Luz personal. Bien, nadie podía estar más lejos de la realidad que aquel inocente pintor. que incluso
con sus posibles treinta años no había aprendido nada de la vida. Como todo el mundo sabe, las
mujeres maduran mucho más de prisa que los hombres, y María, aunque no se pasase las noches en
vela pensando en conflictos filosóficos, al menos una cosa sí sabía: no poseía aquello que el pintor
llamaba «luz» y que ella interpretaba como un «brillo especial». Era una persona como todas las demás,
sufría su soledad en silencio, intentaba justificar todo lo que hacía, fingía ser fuerte cuando se sentía
muy débil, fingía ser débil cuando se sentía fuerte, había renunciado a cualquier pasión en nombre de
un trabajo peligroso; pero ahora, ya cerca del final, tenía planes para el futuro y arrepentimientos en el
pasado, y una persona así no tiene ningún «brillo especial». Aquello debía de ser simplemente una
manera de mantenerla callada y satisfecha por permanecer allí, inmóvil, haciendo el papel de boba.
«Luz personal. Podría haber escogido otra cosa, como "tu perfil es bonito".»
¿Cómo entra luz en una casa? Si las ventanas están abiertas. ¿Cómo entra luz en una persona? Si la
puerta del amor está abierta. Y, definitivamente, la suya no lo estaba. Debía de ser un pésimo pintor, no
entendía nada.
-He terminado -dijo él, y empezó a recoger sus enseres. María no se movió. Tenía ganas de pedirle
que la dejase ver el cuadro, pero al mismo tiempo eso podía significar una falta de educación, no confiar
en lo que él había hecho. La curiosidad, sin embargo, habló más alto. Ella se lo pidió, él aceptó.
Sólo había dibujado su rostro; se parecía a ella, pero si algún día hubiese visto aquel cuadro sin conocer a
la modelo, habría dicho que era alguien mucho más fuerte, llena de una «luz» que ella no conseguía ver
reflejada en el espejo.
-Mi nombre es Ralf Hart. Si quieres, puedo invitarte a otra copa.
-No, gracias.
Por lo visto, el encuentro ahora caminaba de la manera tristemente prevista: el hombre intentaba seducir a
la mujer.
-Por favor, otros dos vasos de anís -pidió, sin dar importancia al comentario de María.
¿Qué tenía que hacer? Leer un aburrido libro sobre administración de haciendas. Caminar, como ya había
hecho otras tantas veces, por la orilla del lago. O charlar con alguien que había visto en e una luz que
lla
desconocía, justamente en la fecha marcada en el calendario para el comienzo del fin de su «experiencia». -
¿Qué haces?
Ésta era la pregunta que no quería oír, que la había hecho evi tar muchas citas cuando, por una razón o por
otra, alguien se acercaba a ella (lo que ocurría raramente en Suiza, dada la naturaleza discreta de sus
habitantes). ¿Cuál sería la respuesta posible? -Trabajo en una discoteca.
Ya está. Un enorme peso desapareció de su espalda, y se alegró por todo lo que había aprendido desde
su llegada a Suiza; preguntar (¿qué son los kurdos? ¿Qué es el Camino de Santiago?) y responder (trabajo
en una discoteca) sin importarle lo que pensaran.
-Creo que te he visto antes.
María presintió que él quería ir más lejos, y saboreó su pequeña victoria; el pintor que minutos antes le
daba órdenes, que parecía absolutamente seguro de lo que quería, ahora volvía a ser un hombre como los
demás, inseguro ante una mujer que no conoce.
-¿Y esos libros?
Ella se los enseñó. Administración de haciendas. El hombre pareció sentirse más inseguro aún.
-¿Trabajas en sexo?
30
Él se había arriesgado. ¿Acaso se vestía como una prostituta? En cualquier caso, tenía que ganar tiempo.
Se estaba probando a sí misma, aquello empezaba a ser un juego interesante, no tenía absolutamente nada
que perder.
-¿Por qué los hombres sólo piensan en eso? Él volvió a meter los libros en la bolsa.
-Sexo y administración de haciendas. Dos cosas muy aburridas.
¿Qué? De repente, se sentía desafiada. ¿Cómo podía hablar tan mal de su profesión? Bien, él todavía no
sabía en qué trabajaba ella, simplemente se arriesgaba con una suposición, pero no podía dejarlo sin
respuesta.
-Pues yo pienso que no hay nada más aburrido que la pintura; algo detenido, un movimiento que fue
interrumpido, una fotografía que jamás es fiel al original. Algo muerto, por lo que ya nadie se interesa, aparte
de los pintores, gente que se cree importante, culta, y que no ha evolucionado como el resto del mundo.
¿Has oído hablar de Joan Miró? Yo no, sólo a un árabe en un restaurante, y eso no cambió absolutamente
nada en mi vida.
No sabía si había ido demasiado lejos, porque llegaron las bebidas, y la conversación fue interrumpida.
Ambos permanecieron sin decir palabra durante un rato. María pensó que ya era hora de irse, y tal vez Ralf
Hart hubiese pensado lo mismo. Pero allí estaban aquellos dos vasos llenos de aquella bebida horrorosa, y
eso era un pretexto para seguir juntos.
-¿Por qué los libros sobre haciendas?
-¿Qué quieres decir?
-He estado en la rue de Berne. Después de decirme dónde trabajabas, recordé que ya te había visto
antes: en aquella discoteca cara. Sin embargo, mientras te pintaba, no me di cuenta: tu «luz» era muy
fuerte.
María sintió que el suelo desaparecía bajo sus pies. Por primera vez sintió vergüenza de lo que hacía, [ Pobierz caÅ‚ość w formacie PDF ]

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